Escucho a Vivaldi mientras, tumbado en el sofá, miro cómo dos de mis dedos del pie izquierdo se escapan alegremente por un agujero que tengo en el calcetín. Mi actividad física cada día se reduce más, no me apetece hacer nada, por mínimo que sea, todo mi ejercicio se reduce a caminar de la cama al sofá y del sofá a la cama. He engordado unos 8 kilos y la cosa va para adelante, cuesta abajo y con el viento a favor. Soy como una bola de nieve que se deja caer desde lo alto de una colina y que cuando para de rodar abulta diez veces más, y la verdad, es una mierda ser esa bola de nieve, todo lo acumulo y me lo guardo dentro sin soltarlo ni por recomendación del médico. Los kilos, las grasas saturadas, los carbohidratos y todas las pajas mentales habidas y por haber. Cualquier cosa que piense o sentimiento que me avasalle de repente se me queda clavado en lo más hondo de mi mente y ya no hay forma de desprenderme de ello.
He preparado unas espinacas salteadas con gambas y champiñones para comer, detesto las espinacas, a decir verdad es más que odio, me sientan fatal, mi estómago se niega a digerirlas y me tiro todo el día con ellas dando vueltas y más vueltas dentro de él. provocándome una sensación de asco por lo que queda de día. ¿Por qué me las como entonces? Esa es muy buena pregunta, supongo que porque según dicen son buenas para el organismo y hay que comerlas.
Últimamente todo me sabe a espinacas, el virus, el confinamiento, las tonterías que dicen los medios de comunicación, las banalidades de las redes sociales, la manipulación política y el puto hijo adolescente del vecino con su música a toda hostia durante todo el puto día. Todo ello son espinacas que me trago a sabiendas de que se me van a indigestar, pero aún así abro la boca y hundo en ella un tenedor bien lleno de ellas.
Recojo la ropa tendida y tiendo la que está dentro de la lavadora, mi vecino psicópata vuelve a observarme a través de los cristales sucios de su ventana, y como me esperaba, lleva la mascarilla puesta, me pregunto si se la irá cambiando o será la misma desde que todo esto empezó. Me mira con cara de odio, como si le debiera dinero o tuviera miedo de que pueda contagiarlo por salir a la terraza, ese tipo nunca se había fijado en mí antes del confinamiento, pero desde que todo esto empezó no me quita el ojo de encima, puedo sentir su odio clavado en mí como una astilla de madera debajo de la uña del dedo gordo. No lo entiendo, según los anuncios de la tele todo esto nos va a convertir en mejores personas, teóricamente nos va a enseñar una gran lección que no olvidaremos en nuestra vida y que pasaremos de padres a hijos como la nueva fe encontrada. Pero si vas por la calle la gente se aparta para no cruzarse, en los supermercados tienen que ir reponiendo de poco en poco para que no sigamos arrasando con todo y nos hemos vuelto policías, jueces y verdugos de nuestros semejantes y, lo peor de todo, de nosotros mismos. Quizá no tenga la misma percepción de “volvernos mejores” que el resto de las personas, cosa que no sería de extrañar, porque no suelo coincidir mucho con las opiniones del resto de la humanidad. Particularmente todo esto no me está volviendo mejor persona, tampoco lo quiero y mucho menos lo pretendo, no está en mis planes de futuro ser reeducado por el miedo a una pandemia y las patéticas artimañas oportunistas de un Capitalismo cruel y despiadado, el cual está afilando sus dientes para asegurarse que en su siguiente mordedura todos quedemos atrapados para siempre.
Por la tarde, después de que mi mujer se haya ido a trabajar y mi hija se encierre en su habitación con sus juguetes, me he tumbado en el sofá —el cual ya tiene la forma de mi culo marcada como el de Homer Simpson— y me he acordado de la última vez que salí a la calle, fue hace unos días para tirar la basura, no había absolutamente nadie, caminé los cincuenta metros que separan mi portal del parque donde se encuentran los contenedores, cuando llegué el parque estaba desierto, sin niños jugando, sin terrazas de bares abarrotadas, con la fuente apagada, tan solo una bandera hondeando al viento en lo alto de un mástil, los contenedores y yo. Un silencio absoluto. Me dieron ganas de sentarme en uno de aquellos bancos solitarios y quedarme ahí quieto, a expensas de que la policía me multara, detuviera o me cosiera a tiros, tanto me daba, tan solo quería quedarme allí sentado. Vi aquel parque solitario y me pareció un buen lugar donde sentarme y esperar a la muerte tranquilamente a que llegara. Lo sé, no estoy muy contento últimamente. He perdido el norte y no sé qué hacer con mi vida, empiezo a aceptar el arresto domiciliario, pero no como forma de descender el riesgo a contagio del virus, sino como castigo a mí mismo, por llevar toda la vida huyendo, por ser esa bala que perdió la bala perdida. El encierro me afecta, me está enloqueciendo al mismo tiempo que la idea de volver a salir y encontrarme con el mundo de nuevo empieza a aterrarme. De nada sirve cavar trincheras en mi propia mente cuando el enemigo soy yo mismo. Acaso era esta la verdadera finalidad del confinamiento, no salvarnos del virus sino obligarnos a apretar el botón de autodestrucción de nosotros mismos. Me parece que hoy saldré al balcón a aplaudir al viento, a formar parte del colectivo, a dejar de ser una individualidad, todo ello con una sonrisa en la cara porque aquí no está pasando nada, tan solo es el comienzo del nuevo orden mundial, o por lo menos, dentro de mi cerebro.
He preparado unas espinacas salteadas con gambas y champiñones para comer, detesto las espinacas, a decir verdad es más que odio, me sientan fatal, mi estómago se niega a digerirlas y me tiro todo el día con ellas dando vueltas y más vueltas dentro de él. provocándome una sensación de asco por lo que queda de día. ¿Por qué me las como entonces? Esa es muy buena pregunta, supongo que porque según dicen son buenas para el organismo y hay que comerlas.
Últimamente todo me sabe a espinacas, el virus, el confinamiento, las tonterías que dicen los medios de comunicación, las banalidades de las redes sociales, la manipulación política y el puto hijo adolescente del vecino con su música a toda hostia durante todo el puto día. Todo ello son espinacas que me trago a sabiendas de que se me van a indigestar, pero aún así abro la boca y hundo en ella un tenedor bien lleno de ellas.
Recojo la ropa tendida y tiendo la que está dentro de la lavadora, mi vecino psicópata vuelve a observarme a través de los cristales sucios de su ventana, y como me esperaba, lleva la mascarilla puesta, me pregunto si se la irá cambiando o será la misma desde que todo esto empezó. Me mira con cara de odio, como si le debiera dinero o tuviera miedo de que pueda contagiarlo por salir a la terraza, ese tipo nunca se había fijado en mí antes del confinamiento, pero desde que todo esto empezó no me quita el ojo de encima, puedo sentir su odio clavado en mí como una astilla de madera debajo de la uña del dedo gordo. No lo entiendo, según los anuncios de la tele todo esto nos va a convertir en mejores personas, teóricamente nos va a enseñar una gran lección que no olvidaremos en nuestra vida y que pasaremos de padres a hijos como la nueva fe encontrada. Pero si vas por la calle la gente se aparta para no cruzarse, en los supermercados tienen que ir reponiendo de poco en poco para que no sigamos arrasando con todo y nos hemos vuelto policías, jueces y verdugos de nuestros semejantes y, lo peor de todo, de nosotros mismos. Quizá no tenga la misma percepción de “volvernos mejores” que el resto de las personas, cosa que no sería de extrañar, porque no suelo coincidir mucho con las opiniones del resto de la humanidad. Particularmente todo esto no me está volviendo mejor persona, tampoco lo quiero y mucho menos lo pretendo, no está en mis planes de futuro ser reeducado por el miedo a una pandemia y las patéticas artimañas oportunistas de un Capitalismo cruel y despiadado, el cual está afilando sus dientes para asegurarse que en su siguiente mordedura todos quedemos atrapados para siempre.
Por la tarde, después de que mi mujer se haya ido a trabajar y mi hija se encierre en su habitación con sus juguetes, me he tumbado en el sofá —el cual ya tiene la forma de mi culo marcada como el de Homer Simpson— y me he acordado de la última vez que salí a la calle, fue hace unos días para tirar la basura, no había absolutamente nadie, caminé los cincuenta metros que separan mi portal del parque donde se encuentran los contenedores, cuando llegué el parque estaba desierto, sin niños jugando, sin terrazas de bares abarrotadas, con la fuente apagada, tan solo una bandera hondeando al viento en lo alto de un mástil, los contenedores y yo. Un silencio absoluto. Me dieron ganas de sentarme en uno de aquellos bancos solitarios y quedarme ahí quieto, a expensas de que la policía me multara, detuviera o me cosiera a tiros, tanto me daba, tan solo quería quedarme allí sentado. Vi aquel parque solitario y me pareció un buen lugar donde sentarme y esperar a la muerte tranquilamente a que llegara. Lo sé, no estoy muy contento últimamente. He perdido el norte y no sé qué hacer con mi vida, empiezo a aceptar el arresto domiciliario, pero no como forma de descender el riesgo a contagio del virus, sino como castigo a mí mismo, por llevar toda la vida huyendo, por ser esa bala que perdió la bala perdida. El encierro me afecta, me está enloqueciendo al mismo tiempo que la idea de volver a salir y encontrarme con el mundo de nuevo empieza a aterrarme. De nada sirve cavar trincheras en mi propia mente cuando el enemigo soy yo mismo. Acaso era esta la verdadera finalidad del confinamiento, no salvarnos del virus sino obligarnos a apretar el botón de autodestrucción de nosotros mismos. Me parece que hoy saldré al balcón a aplaudir al viento, a formar parte del colectivo, a dejar de ser una individualidad, todo ello con una sonrisa en la cara porque aquí no está pasando nada, tan solo es el comienzo del nuevo orden mundial, o por lo menos, dentro de mi cerebro.