lunes, 20 de abril de 2020

Día 36.

Me acosté ayer sobre las once, a parte de mi medicación actual me tomé diez gramos de Diazepam para conciliar mejor el sueño. Desde las ocho de la mañana que me he levantado he estado tumbado en el sofá en estado vegetativo hasta las doce y media, que me he visto obligado a ponerme en marcha para prepara la comida. Después he vuelto a mi estado de oruga hasta las tres y media, que he tenido que ir a despertar a mi mujer para que se levantara a comer algo antes de volver a irse a trabajar. Puede que hoy sea el día que menos me he movido desde que empezó la cuarentena; no para de llover y me duele todo el puto cuerpo, a parte de una cefalea bastante persistente que ha decidido acompañarme en esta patética función circense de “un día en la vida de Juan”.
   Según mis contactos en los hospitales, la cosa no hace pinta de ir a menos por muchas cifras que se saquen de la manga los medios de comunicación. El problema de todo esto es que de alguna manera —o sea, con toda la basura que nos meten en televisión y demás medios— la gente se cree que vamos a conseguir erradicar el virus, que tarde o temprano lograremos hacerlo desaparecer al cien por cien y para siempre, y eso es un craso error, como mucho lograremos controlar la pandemia y el número de contagiados, pero el virus va a seguir conviviendo con nosotros, igual que lo hizo la Gripe Común, la Gripe A o el puto constipado de toda la vida. Tendremos que aprender a vivir con ello, y la mejor forma de hacerlo no creo que sea encerrados en casa y con miedo a que la persona que se cruce a nuestro lado nos vaya a contagiar con tan solo la mirarnos.
   La verdad es que me la suda un poco que la gente vaya haciéndose a esto o no. Nuestras vidas ya no volverán a ser las mismas por mucho que se normalice la situación, pues todo esto ha sido capaz de sacar del fondo del abismo a nuestro verdadero yo, a esa bestia que todos creíamos tener controlada y que lo único que hacía era estar dormida esperando en momento oportuno para despertarse, tomarse una buena taza de café y convertirnos en los hijos de puta que realmente somos.
   Mi hija se acerca a mí y me cuenta cada cosa que se le pasa por la cabeza cada cinco minutos, aunque me vea tirado en el sofá en posición fetal y con los ojos cerrados —es lo malo de ser padre, que pierdes por completo el derecho a deprimirte a tu gusto—, yo asiento con la cabeza sin ni siquiera escuchar lo que me dice, me siento como una mierda por no estar haciéndole el caso que se merece ¿Qué clase de padre soy? Pero hoy mi cerebro no consigue arrancar motores y tengo que conducir a ralenti unas escasas emociones que se mueven más por instinto que por puro raciocinio —ves a mear, cambia de postura, bosteza, ves a mear otra vez, ¡respira, idiota...! etc.—, mientras me incrusto en el sofá cada vez más hondo.
   En el techo del baño una pequeña mancha de humedad ha empezado a reproducirse, sé que debería acabar con ella antes de que la cosa empeore, pero me gusta mirarla cada vez que me siento en el inodoro a evacuar mis intestinos; crece poco a poco, su evolución apenas es apreciable, es algo muerto y vivo al mismo tiempo —la mancha de humedad de Schrödinger—, devorando pacientemente el yeso fresco, alimentándose de la capa impoluta de pintura blanca, transformándolo todo en esa especie de moho viscoso y algodonado. Tan despacio que apenas le damos importancia hasta que un día nos da por alzar la mirada y vemos que esa maldita mancha de humedad nos ha podrido la mitad del techo, pero aún así, sigue teniendo cierta belleza especial.
   Tirado en el sofá mirando cómo llueve sin cesar, pienso si no se estará reproduciendo dentro de todos nosotros una pequeña mancha de humedad que irá adquiriendo cierta importancia con el paso de los días si no le damos importancia, y hasta qué punto debe ser de grande ya la mía. O puede que yo sea la mancha de humedad de esta casa ahora mismo, reproduciéndome poco a poco mientras los demás no me dan la menor importancia. Empiezo a estar harto de tener tanto tiempo para pensar.