Puede que el gran
remedio contra el Covid 19 sea en realidad otra de las grandes lacras para el
ciudadano medio. Una vacuna o un medicamento que nos licue y nos convierta en
una mancha de putrefacción en el suelo de nuestras habitaciones. Aunque,
cuidado, igual la mayoría ya están muertos por dentro y el virus solo hace
acelerar el proceso. El remedio, ese polvo blanco, el vino de las brujas, te
devuelve cierta vitalidad perdida, no lo dudes, pero no dura eternamente. Si
necesitas de remedios mágicos es que el infierno hace tiempo que reclama tu
alma. En efecto, vivimos en una sociedad de cadáveres andantes incapaces de
pensar por sí mismos. El remedio siempre somos y seremos nosotros mismos, de
forma individual.
Aviso: si no entiendes la ironía y el
sarcasmo, pilla una barra de sátira embuchada e introdúcetela en el agujero del
culo.
Son las siete de la mañana, llevo tres
horas despierto y dos cafés en el cuerpo. Echo de menos fumar, salir de fiesta,
jugar al basket y a mi hermano. De hecho, me encantaría jugar un rato al
baloncesto con mi hermano mientras nos fumamos unos porros y bebemos birras,
que se nos haga de noche y tener que ir a un garito. Allí tenemos una pelea y
le rompo la nariz a un tipo de un balonazo. Viene la policía y conozco a uno de
los agentes, que me compraba drogas cuando, años atrás, me dedicaba a la venta
ilícita de estupefacientes. Finalmente nos incautan el balón, nos dejan marchar
de buen rollo y acabamos con Lidia y Ioana bebiendo bourbon en un parque
y dándonos el lote ignorando la cuarentena. Una vecina llama para denunciarnos y
de nuevo aparece la policía, la misma patrulla que, por vergüenza personal,
recordando el pasado, nos llevan a casa, me devuelven el balón y me el mismo
agente, me pregunta que si tengo algo que le calme un poco los nervios, ya entiendes.
Algunos no cambiamos porque no hace falta, para qué…
Aviso: esto es un aviso parabólico dentro
de un mensaje de alarma. Peligro: no hagas caso de los avisos.
De vuelta a la realidad me doy cuenta de
que mi café se ha terminado, llevo seis meses sin fumar y peso casi cien kilos.
Tamaño cuarentena. Supongo que me preparo para ser capaz de matar a un tío de
una hostia, no sé. En otro orden de cosas, el crío duerme en el sofá, a pierna
suelta, y Lidia en la cama (solo espero que pueda descansar lo suficiente).
Hoy va a ser otro apasionante día de
cuarentena. Lo veo. Pasaremos la mañana como una familia confinada más,
esclavos de un niño tocado por la varita de Satanás que, risueño, ansía la
llegada de la punta de lanza que atravesó el corazón de Jesucristo (la lanza
del destino, o algo así). En efecto, nuestro hijo es el maldito Anticristo, y
con su llegada los siete sellos se empiezan a desintegrar. Primero la plaga
vírica. La erupción de volcanes. Terremotos.
Un incendio en el bosque que rodea Chernóbil. Temporales. Telerrealidad. Ana
Rosa Quintana hablando de pandemias. La otra retrasada que se cree intelectual,
no sé qué Criso, o algo así. Más tarde, meses después, una segunda ola
devastadora que dejará el mundo tiritando. ¡Que no, joder! Solo es lunes. Otro
puto lunes más, ¿os parece poco?
Dedicatoria mortal:
Señor Franky el traicionero, no sé si ahora
mismo estarás leyendo esto o no, si tienes un café, una birra o un whisky
delante de tus ojos. Solo decirte que somos más de los que parecemos en un
primer momento y muchos menos de los que deberíamos. La gente de Grupo Salvaje
nos conocimos por internet y, a excepción de mi hermano, al resto no los
conozco en persona. Pero da igual, somos la misma cosa, un pensamiento múltiple,
una puñalada trapera en el corazón de un sistema que se pudre a marchas
forzadas. Deja que empañe tu soledad con mi ponzoña, déjate infectar por el
verdadero virus del conocimiento universal. No nos conocemos, y seguramente así
será de por vida, pero qué importa, seguro que en persona nos caeríamos mal y acabaríamos
por apuñalarnos en un callejón cualquiera, al amanecer, medio borrachos y por equivocación.
