La lluvia ha terminado de mandar a tomar por culo las flores, en parte me da pena porque me había ilusionado, pero ateniéndome a las enseñanzas budistas, no hay que apegarse a nada, todo es efímero y falso. En la cocina han aparecido un montón de hormigas muertas, todas amontonadas junto al agujero por donde habían entrado como si hubieran perecido huyendo histéricamente de algo; me ha resultado extraño ver ese montón de pequeños insectos muertos unos encima de otros, ha sido como observar un diorama de estos últimos días, todos intentando huir del virus por el pequeño agujerito que es nuestra ridícula percepción de la seguridad, pisoteados y aplastados por la histeria de nuestro propio miedo, pero sin dejar de intentar avanzar buscando en el fondo nuestra única salvación.
Preparo una sopa de fideos y garbanzos con caldo de pollo. Mientras todo ello se cuece a fuego lento en la olla me siento en una de las sillas de madera de la terraza, cobijándome de la lluvia en el vano de la puerta. En el tocadiscos un vinilo de Paul McCartney suena con ese sonido melancólico de la aguja rozando el surco del disco, este disco me lo regaló mi hermano hará unos veinte años y no lo había escuchado nunca hasta hoy, cuando me lo regaló, musicalmente hablando McCartney no era plato de mi gusto ¿Por qué lo escucho ahora que mi hermano está muerto? Puede que sea porque cuando me lo regaló yo no era más que un puto niñato que no había aprendido todavía a valorar la intención y la buena voluntad con la que las personas hacen algunos de sus actos. Al poco de empezar esta cuarentena pensé que a lo mejor el aislamiento me vendría bien para poner un poco de orden en mi mente, algo así como limpiar el apartamento que has alquilado para pasar el verano, pero lejos de la realidad, revolver en el interior de ciertos cajones de mi memoria solo ha provocado más caos que la armonía que intentaba alcanzar —estoy mucho más lejos del Nirvana que al principio de todo esto—, supongo que cuando te equivocas y tiras un envase de plástico en el contenedor de la basura orgánica, es mejor dejarlo ahí que hurgar demasiado entre la porquería para intentar rescatarlo y tirarlo en el jodido contenedor amarillo.
Toda la tarde ha sido un lucha con mi hija para que se siente y haga los deberes que le van mandando desde la escuela, vía internet. ¿Cómo hacer que una niña se concentre en casa igual que en el colegio? Un par de ejercicios han tenido la durada de casi dos horas, su mente de niña se distrae hasta con una mosca, está en su casa y no le apetece ponerse a estudiar teniendo a pocos metros su cajón lleno de juguetes. Su habitación, sus padres a su lado… No existe el efecto dictatorial de la institución educativa, está en su hogar y suyas son las reglas. Puro instinto infantil de supervivencia. Pero en un intento de alejarme del estrés de intentar obligar a hacer los deberes a una niña que no quiere, viajo en el tiempo un par de horas al pasado y vuelvo a estar sentado en la silla de madera, viendo como llueve mientras se hace la sopa y pienso por qué se habrán muerto todas esas hormigas, y escucho los acordes de alguna guitarra provenir de los altavoces conectados por un cable negro y rojo al amplificador que reproduce el vinilo de Paul McCartney desde el tocadiscos —que también fue de mi hermano mucho antes de que me lo diera también—. Apoyo la cabeza en el muro de ladrillo de obra vista y escucho la música, puede que cuando este disco termine no vuelva a escucharlo nunca más, o a lo mejor, por contra, se vuelve uno de mis favoritos ¿Acaso el recuerdo de mi hermano se está convirtiendo en una canción de McCartney? ¿Es así como quiero recordarlo?¿Es así como el querría que lo recordase?
Termina el disco, la aguja se queda enganchada girando sin parar en el último surco, produciendo ese sonido monótono de silencio y soledad. Miro donde antes estaba el montoncito de hormigas muertas, no queda ninguna, mi mujer las ha barrido hace rato, ya no están, como la música de McCartney o la buena intención y voluntad con la que mi hermano me regaló este vinilo hace veinte años; sigue lloviendo en este día treinta y ocho de cuarentena, y la verdad, no sé qué relación tiene todo esto.
Preparo una sopa de fideos y garbanzos con caldo de pollo. Mientras todo ello se cuece a fuego lento en la olla me siento en una de las sillas de madera de la terraza, cobijándome de la lluvia en el vano de la puerta. En el tocadiscos un vinilo de Paul McCartney suena con ese sonido melancólico de la aguja rozando el surco del disco, este disco me lo regaló mi hermano hará unos veinte años y no lo había escuchado nunca hasta hoy, cuando me lo regaló, musicalmente hablando McCartney no era plato de mi gusto ¿Por qué lo escucho ahora que mi hermano está muerto? Puede que sea porque cuando me lo regaló yo no era más que un puto niñato que no había aprendido todavía a valorar la intención y la buena voluntad con la que las personas hacen algunos de sus actos. Al poco de empezar esta cuarentena pensé que a lo mejor el aislamiento me vendría bien para poner un poco de orden en mi mente, algo así como limpiar el apartamento que has alquilado para pasar el verano, pero lejos de la realidad, revolver en el interior de ciertos cajones de mi memoria solo ha provocado más caos que la armonía que intentaba alcanzar —estoy mucho más lejos del Nirvana que al principio de todo esto—, supongo que cuando te equivocas y tiras un envase de plástico en el contenedor de la basura orgánica, es mejor dejarlo ahí que hurgar demasiado entre la porquería para intentar rescatarlo y tirarlo en el jodido contenedor amarillo.
Toda la tarde ha sido un lucha con mi hija para que se siente y haga los deberes que le van mandando desde la escuela, vía internet. ¿Cómo hacer que una niña se concentre en casa igual que en el colegio? Un par de ejercicios han tenido la durada de casi dos horas, su mente de niña se distrae hasta con una mosca, está en su casa y no le apetece ponerse a estudiar teniendo a pocos metros su cajón lleno de juguetes. Su habitación, sus padres a su lado… No existe el efecto dictatorial de la institución educativa, está en su hogar y suyas son las reglas. Puro instinto infantil de supervivencia. Pero en un intento de alejarme del estrés de intentar obligar a hacer los deberes a una niña que no quiere, viajo en el tiempo un par de horas al pasado y vuelvo a estar sentado en la silla de madera, viendo como llueve mientras se hace la sopa y pienso por qué se habrán muerto todas esas hormigas, y escucho los acordes de alguna guitarra provenir de los altavoces conectados por un cable negro y rojo al amplificador que reproduce el vinilo de Paul McCartney desde el tocadiscos —que también fue de mi hermano mucho antes de que me lo diera también—. Apoyo la cabeza en el muro de ladrillo de obra vista y escucho la música, puede que cuando este disco termine no vuelva a escucharlo nunca más, o a lo mejor, por contra, se vuelve uno de mis favoritos ¿Acaso el recuerdo de mi hermano se está convirtiendo en una canción de McCartney? ¿Es así como quiero recordarlo?¿Es así como el querría que lo recordase?
Termina el disco, la aguja se queda enganchada girando sin parar en el último surco, produciendo ese sonido monótono de silencio y soledad. Miro donde antes estaba el montoncito de hormigas muertas, no queda ninguna, mi mujer las ha barrido hace rato, ya no están, como la música de McCartney o la buena intención y voluntad con la que mi hermano me regaló este vinilo hace veinte años; sigue lloviendo en este día treinta y ocho de cuarentena, y la verdad, no sé qué relación tiene todo esto.