viernes, 24 de abril de 2020

Día 40.

Se han muerto mis Kalanchoes, y las que no están muertas lo están haciendo tan lentamente como el virus está matando nuestra seguridad en nosotros mismos. También siguen apareciendo hormigas muertas en la cocina, se han fundido un par de bombillas, ha aparecido una mancha de humedad así de repente junto a una ventana y he tenido que volver a quitarle el óxido a las tijeras de podar otra vez. Es como si todo lo que hay en esta casa estuviera envejeciendo y muriendo lentamente, ajeno al ritmo del tiempo más allá de estas cuatro paredes, las cuales empiezan a necesitar una buena capa de pintura, el blanco impoluto que tenían cuando entramos a vivir aquí se está convirtiendo en un gris parduzco, viejo, sucio, antiguo, lleno de soledad y tristeza; las marcas de los dedos de mi hija recorren el pasillo, salpicaduras de agua al fregar el suelo marcan la zona por encima de los zócalos y un tono grisáceo va ganando terreno alrededor de los interruptores de la luz.
   Miro como el maldito Jimmy —mi robot aspirador— recorre incansable el suelo en busca de algo de polvo que echarse a la boca. Lo observo con detenimiento y descubro con tristeza que en parte lo envidio, tiene una vida cojonuda, alejada de pandemias, de Gobiernos que nos aseguran la seguridad de nuestra salud al otro lado de una mascarilla quirúrgica, sin colas interminables en las puertas de los supermercados, ni miedo a una muerte absurda e inminente; tan solo tiene que recorrerse el suelo del domicilio una vez al día, consiguiendo comida gratuita y una buena recarga de batería una vez finalizado el trabajo, pero me tranquiliza que dentro de poco nosotros seremos tan máquina como él, que saldremos directos a nuestros puestos de trabajo, los cuales realizaremos cabizbajos y volveremos directos a nuestras casas, sin entretenernos por el camino, para recargar la batería y comenzar de nuevo el ciclo impuesto, La palabra rutina adquirirá un nuevo significado. Qué humano se va volviendo Jimmy y en qué máquina me estoy convirtiendo yo.
   Ayudo a mi hija a hacer unas flores con la caja de cartón de unos huevos y acuarelas, un trabajo manual que tiene que hacer para luego fotografiarlo y mandarle la foto a su profesora por e-mail. Me gusta ver sus deditos manchados con toda clase de tonalidades de colores chillones y vistosos mientras agarra un pincel y pinta esos recortes de cartón que vienen a representar pétalos de flores. Cuando las tenga acabadas quiere pegarlas en el cristal de la ventana de su habitación, y eso la mantiene ilusionada; que simple y sencillo puede resultar ser feliz si nos lo proponemos, tan solo necesitamos una flores de cartón pegadas en el cristal de nuestras ventanas, pero por mi parte, soy demasiado viejo como para poder imaginarme el cristal de mi ventana lleno de flores de cartón pintadas a mano, tan solo soy capaz de imaginarme arrastrándome por el suelo aspirando el polvo.
   Caliento un poco de sopa que sobró el otro día para cenar, tengo que añadir agua al caldo porque la pasta lo ha consumido casi todo, así que al final queda una sopa aguada y de fideos pasados, pero no me importa, la verdad es que me pregunto en que momento de estos cuarenta días todo ha comenzado a importarme una mierda, todo me resulta insípido, como esta maldita sopa, como el aire rancio que se acumula dentro de los hogares encerrados a cal y canto en esta cuarentena, mientras los niveles de contaminación bajan en el exterior. Quizá ya haya empezado a aceptar que el confinamiento es por mi bien, que el control policial en las calles es por mi bien, que el convertirme en juez, jurado y ejecutor de mi vecino es por mi bien, que ir de casa al trabajo y el trabajo a casa habiendo perdido el derecho de desviarme por el camino es por mi bien, en definitiva, que todo lo que hacen es por mi bien, menos mi propio bien, que es lo peor que puede pasarme.
   Antes de acostarme salgo a la terraza con una taza de café entre las manos y paseo en círculo de nuevo, un puñado de estrellas salpica el cielo negro rompiendo la monotonía y una sábana tendida en el tendedero del vecino de arriba hondea como la bandera de un anónimo país, alabada por un individuo anónimo, paseando por el patio del campo de concentración de su propio domicilio.