lunes, 27 de abril de 2020

Día 43.

Hoy es el día piloto en que el Gobierno empieza a permitir salir a los niños a la calle para dar pequeños paseos. Le he preguntado a mí hija si quería salir, pero debe de ser la única niña agorafóbica del territorio, porque desde que todo esto empezó ella está la mar de feliz por no tener que salir a la calle, así y como me lo esperaba, me ha dicho que pasaba de salir, sobre todo si tenía que ponerse una mascarilla. De esta manera he perdido la oportunidad de salir hoy con la escusa de sacar a la niña a pasear. La verdad es que me siguen dando ataques de ansiedad por estar encerrado, pero al mismo tiempo cada vez me apetece menos salir de casa, bueno, mejor dicho, lo que no me apetece es volver a tener que mezclarme con el resto de los mortales, la coraza que siempre he tenido se ha endurecido durante lo que llevamos de cuarentena, escucho a los vecinos hablar de balcón a balcón o a los niños jugando en las terrazas y en lo único que puedo pensar es en la necesidad que me apremia de dejar de escuchar sus voces. Nunca las voces de otras personas me habían molestado tanto como en estos días, y mejor no menciono la presencia física; hace días que no salgo ni a tirar la basura, sé que eso me provocará más estrés, pero el mero echo de cruzarme con otras personas ataca mis nervios igualmente. Es como si el encierro hubiera borrado todas mis huellas del camino, como si nunca hubiera existido para nadie, como si ya no hubiera un lugar para mí en este mundo.
   Me como un bollito para perrito caliente, no quedan perritos calientes y el bollito está caducado, pero me lo como igualmente, supongo que si no tiene mal sabor no me indigestará; mi mujer juega con mi hija en la terraza mientras yo me bajo capítulos de Doctor Who para entretenerme en hacer alguna cosa, lo más seguro es que nunca los vea, igual que nunca escucho cada la música que pirateo o las películas que logro bajar de internet.
   Al levantarme esta mañana me he vestido de persona normal, por un día he decidido colgar el uniforme de Chandalman —igual que Batman en El caballero oscuro— y ponerme unos tejanos, una camiseta y una camisa a cuadros, al mirarme en el espejo me he sorprendido a mí mismo al verme enfundado en ropa normal en vez de los putos chandals que he estado llevando estos días, el confinamiento nos ha despersonalizado, hemos pasado de ser seres individuales a una masa única y amorfa despeinada y barbuda de pantalones de pijama, camisetas agujereadas y pantuflas; una unidad de pensamiento único y aplausos en los balcones, una puta bola de plastelina fácil de modelar.

El resto del día ha sido estar tirado en el sofá notando cómo me crece la barriga, temiendo que llegue a convertirse en un ente con vida propia que acabe por poseerme; ganar peso no es lo mejor que me puede pasar para mis artrosis y abombamiento lumbar, nunca he sido muy deportista, y la inactividad empieza a gustarme, estar sin hacer nada, vegetando como un puto gusano en su crisálida con la esperanza de convertirse en algo mejor de lo que ha sido hasta ahora, o morir envuelto en seda.