miércoles, 29 de abril de 2020

El último seis pertenece al cuarenta y seis




Hoy me duele la cabeza y estoy bastante mosqueado con todo. Tengo una mala hostia que no puedo con ella, y es real. Para remate, acabo de leer cómo tienen pensado hacer la desescalada y me parto el culo solo con imaginarlo. Vamos a ver, hace un mes esto era desbordante, el sistema sanitario se iba a pique, no se podía hacer nada hasta que no hubiese una vacuna, las cifras crecían y era imprescindible quedarse en casa encerrados para que no siguiera muriendo gente, sin embargo, ahora, de repente, vamos a volver a una supuesta normalidad controlada. Pues no hace falta ser muy listo para vaticinar que acabaremos en la mierda en pocos meses, y la gente seguirá muriendo de coronavirus, y tendremos que volver a recluirnos en nuestros hogares hasta que aparezca una solución real, y acabaremos hasta los cojones. ¿Por qué? Porque no ha cambiado nada, todo sigue exactamente igual. Lo único que han hecho es controlar  los contagios, ya está. Y ahora estamos ante el gran problema del ser humano, que se repite cíclicamente siglo tras siglo, década tras década. Pero tranquilos, que nosotros seguimos sin aprender, así nunca dejaremos de sorprendernos y la vida siempre tendrá ese halo novedoso que tanto gusta.
Pedacito de realidad:
    Ayer el crío dio una guerra espectacular, prácticamente estuvo todo el día llorando, hasta la noche, que se durmió. Esta mañana, a eso de las 5:39 am, se ha despertado y va por el mismo camino de hoy. Apenas me ha dejado corregir los textos de mis hermanos de armas, casi la cago con mi mujer debido a la mala hostia que destilo, y me he jodido el día por gilipollas y cabrearme tanto.
    Ahora me estoy tomando una birra fresca y parece que se disipa la furia oriental. Pienso en el texto de Oscar Ryan, hablando de nuestra hermandad, y me siento orgullosos de haber encontrado amigos a través de las redes sociales, amigos reales, por los que daría mi sangre llegado el caso.
    Ya está bien de mierdas por hoy, lo que tengo que hacer es arreglarme el día y volver a los chistes, los chascarrillos y las bromas, que es lo mío. No quiero pasarme las horas como un amargado de mierda que solo piensa en lo jodida que es la realidad y lo mucho que le apetecería tirarse en pelotas desde un octavo piso. Tirarse en pelotas, drogado y sobre una terraza de bar atestada de turistas alemanes.

Surrealismo existencial:
    El amargor de la cerveza cae por mi garganta. Noto el mareo, calor. Cierta alegría se hace con los mandos. Las ganas de morir, de matar y de mentir se disipan. Mi segundo pensamiento me alienta, me proyecta imágenes relacionadas con la muerte masiva de hijos de puta que no merecen estar entre nosotros. Un virus inteligente que solo ataca a gentuza asquerosa está dando la vuelta al mundo.
    Me termino una cerveza y abro otra. Cuando dejas de sentir el amargor es que empiezas a ir borracho, entonces de tu boca solo salen dolorosas y punzantes verdades. De algún modo, mucho más poético, sigues pensando en morir, en abandonar de una jodida vez este mundo dominado por hijos de puta, zorras, retrasados, chulos, mierdas, pelotas, rastreros y acomplejados. Intentas escribir bien, y dedicarte a ello, pero lo más valorado es la incompetencia, lo cual no te deja mucho espacio.
    El payaso Ronaldo llama a la puerta, le suda la polla la cuarentena, el virus y que mueran familias enteras. Lleva un pack de birras y unos torreznos. No quiere hablar, tan solo compartir su tiempo conmigo y esperar a que llegue la noche para seguir con sus planes de expansión vírica.