Atardece en Villa Porculo.
Los pajarillos cantan. Las nubes se revelan soltando su furia en forma de
tormenta. Los positivistas comparten publicaciones mierderas e ignoran las Crónicas
de un encierro, basadas en testimonios reales, y no esa mierda para hippies
que practican yoga, beben smoothies y leen basura mindfulness. Y
mientras tanto, nuestro querido virus, ese que tanto nos ama, elimina a los
pensionistas sobrantes de un modo vil. El pueblo #sociohumanomediocre ya está
viendo cómo se cumplen sus deseos de liberar espacio en las arcas de los
reinos. La jauría de lobos sedientos de sangre está eliminando a las presas
débiles, dejando la manada fuerte y dispuesta a todo, lista para levantar los
muros del nuevo orden. Los niños siguen encerrados en casa, los bares no
existen en el mundo gris de la ficción de 1984. Y yo estoy aquí, todo lo
tranquilo que puedo estar, escribiendo a las cinco de la mañana, ejerciendo de
ente armada, haciendo uso de la sátira e ignorando a la manada, al gran hermano
y a las ratas.
Ayer hablaba con Lidia
de Chuck Palahniuk, posiblemente, para mi gusto, el autor que cogió el testigo
de los viejos maestros y le dio un nuevo aire a aquel realismo sucio de final
de siglo XX (entiéndase) y lo mezcló con aquel terror puro del románticismo y
un poco de ciencia ficción clásica. Con esto no quiero enterrar a otros autores
como Coupland, Ellis, Irvine Welsh o Amis. Solo digo que él revolucionó y aunó
estilos y géneros, sin complejos. Sus lecturas me sirvieron para perder el
miedo al vacío artístico. Le tengo mucho que agradecer, tanto por el disfrute
como por las ganas que me entraron de experimentar con la escritura. Con esto
quiero decir que si te quieres a ti mismo, déjate de mierdas y no abandones el
pensamientos crítico. La divergencia está ahí para darte el equilibrio
necesario. Si tu vida no vale para nada, no lo camufles leyendo realismo mágico
y compartiendo estupideces educativas para niños tontos. Haz algo por cambiarla.
Salta al vacío.
En fin, no voy a seguir que me pierdo y
dejo a un lado lo importante, este encierro que se extiende en el tiempo. Más
de un mes confinados, esclavizados en nuestras galeras personalizadas y
alejadas del ocio. Algunos pueden ir a trabajar, colapsar el transporte público
y rozarse con el compañero de fatigas laborales, pero luego en casa y sin
salir, aislado, sin hacer ruido. Solo puedes salir a aplaudir y tocar un puto
temilla típico, rollo el jodido Dúo Dinámico.
Esperad, que se me acaba de subir la gata
encima, y esto es un momento único que cambia por completo el texto. Me
recuerda a la realidad, mi realidad. ¿Qué cómo es? Tengo al niño dormido en el
sofá, sin vitamina D y con los dientes en puertas. Lidia tampoco ha podido
pegar ojo en toda la noche. La perra, por primera vez, ha conseguido mear en la
calle a primera hora, y hacer caca. De premio la he dado unos trozos de
salchicha. En casa hay crispación, este encierro es un infierno (¡Qué bieeeeen!).
Somos personas de pasear y disfrutar de la naturaleza, de salir en familia y pasar
el tiempo con los pocos amigos que tenemos. Jamás hemos sido de mezclarnos con
la masa y besarnos y abrazarnos y estar pegados piel con piel a otros seres.
Este encierro es una mierda. Llevo más de un mes sin ver a mi hermano, y eso no
se lo voy a perdonar a nadie.
