lunes, 6 de abril de 2020

El número 23




Hoy es lunes, el veintitresavo día de encierro obligado, y me he levantado con un recuerdo absurdo en la cabeza. Es inevitable, veo el número 23 y no puedo. Allá va: «Los dedos de las manos, los dedos de los pies, los cojones y la polla todo suma 23». Efectivamente, amigos y amigas (amigoas), el encierro y la cuarentena no van a fulminar mi buen humor, sino todo lo contrario.
    Como viene siendo mi tónica habitual, después de un diario tratando un tema serio y trascendente, como ayer, hoy toca quitarle hierro al asunto y aflojar cuerda. Si seguimos metiendo presión al calderín convertiremos el encierro en una bomba de relojería. Y no es eso lo que queremos, ¿verdad? Bueno, yo no, o igual sí, no lo sé, dejadme en paz, liantes.

    No sueño con que todo esto acabe y volver a mi vida de antes.  Acudir de nuevo al trabajo con cara de gilipollas, después del madrugón, dejando a un lado mi verdadera faceta, la de escritor, que es lo que soy, aunque muera pobre y trabajando de técnico de instalaciones. No tengo de volver a aparecer por el taller, cambiarme de ropa y sonreír igual que un borrego. Sí, que maravilla, ya no moriremos todos por culpa de una pandemia vírica asesina, lo haremos ahogados en la jodida mediocridad, sepultados por facturas que cubren  necesidades de primer orden y buscando cualquier sustancia que palie los síntoma de la idiotez que nos inyecta el sistema (se me abre el culo de pensarlo). No voy a amenazar con largarme cuando todo esto toque a su fin porque ya me he largado varias veces y tampoco funciona. Huir nunca es la solución.
    Solo existen tres posibles soluciones que se me ocurran:
    Tener dinero a espuertas, conseguir un arma de fuego y usarla contra tus semejantes, o seguir intentándolo hasta la muerte. En muchos casos, cualquiera de las tres opciones te puede abrir las puertas de las otras, pero no entraré en detalles (no estamos en una de mis novelas).
    Así que como es lunes de Semana Santa (S.S.) voy a aconsejar tres novelas relacionadas con barcos y salvajismo: La guardia de Jonás, de Jack Cady; El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad; y El relato de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe. Sin duda, cada una de ellas me cautivó en su día. Me sacaron del tedio y de la mezquindad de aquellos días. Me hicieron ver que todo es posible y que existen sitios peores, infernales, en los que no deseo estar. Gracias a estos autores me di cuenta que si no dejo de intentarlo siempre estaré haciéndolo, que es realmente lo que quiero, hacerlo.