Hoy es lunes, el
veintitresavo día de encierro obligado, y me he levantado con un recuerdo
absurdo en la cabeza. Es inevitable, veo el número 23 y no puedo. Allá va: «Los
dedos de las manos, los dedos de los pies, los cojones y la polla todo suma
23». Efectivamente, amigos y amigas (amigoas), el encierro y la
cuarentena no van a fulminar mi buen humor, sino todo lo contrario.
Como viene siendo mi tónica habitual,
después de un diario tratando un tema serio y trascendente, como ayer, hoy toca
quitarle hierro al asunto y aflojar cuerda. Si seguimos metiendo presión al
calderín convertiremos el encierro en una bomba de relojería. Y no es eso lo
que queremos, ¿verdad? Bueno, yo no, o igual sí, no lo sé, dejadme en paz,
liantes.
No sueño con que todo esto acabe y volver a
mi vida de antes. Acudir de nuevo al
trabajo con cara de gilipollas, después del madrugón, dejando a un lado mi
verdadera faceta, la de escritor, que es lo que soy, aunque muera pobre y
trabajando de técnico de instalaciones. No tengo de volver a aparecer por el taller, cambiarme de ropa
y sonreír igual que un borrego. Sí, que maravilla, ya no moriremos todos por
culpa de una pandemia vírica asesina, lo haremos ahogados en la jodida
mediocridad, sepultados por facturas que cubren
necesidades de primer orden y buscando cualquier sustancia que palie los
síntoma de la idiotez que nos inyecta el sistema (se me abre el culo de
pensarlo). No voy a amenazar con largarme cuando todo esto toque a su fin
porque ya me he largado varias veces y tampoco funciona. Huir nunca es la solución.
Solo existen tres posibles soluciones que
se me ocurran:
Tener dinero a espuertas, conseguir un arma
de fuego y usarla contra tus semejantes, o seguir intentándolo hasta la muerte.
En muchos casos, cualquiera de las tres opciones te puede abrir las puertas de
las otras, pero no entraré en detalles (no estamos en una de mis novelas).
Así que como es lunes de Semana Santa
(S.S.) voy a aconsejar tres novelas relacionadas con barcos y salvajismo: La
guardia de Jonás, de Jack Cady; El corazón de las tinieblas, de
Joseph Conrad; y El relato de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe. Sin
duda, cada una de ellas me cautivó en su día. Me sacaron del tedio y de la mezquindad
de aquellos días. Me hicieron ver que todo es posible y que existen sitios
peores, infernales, en los que no deseo estar. Gracias a estos autores me di
cuenta que si no dejo de intentarlo siempre estaré haciéndolo, que es realmente
lo que quiero, hacerlo.