Cualquiera que lea el
título de esta entrada de diario estará ansioso por ver cuál es el contenido. ¿Qué
puede unir unos patos ciclados con el satanismo y unas cintas de vídeo? Bueno,
amigos, pues en realidad no tiene un sentido filosófico o conceptual, pero
intentaré dárselo. Con lo de patos ciclados hago una especie de juego de
palabras en relación al número 22, también conocido como los dos patitos. El
satanismo lo meto porque vende bastante, y así nos alejamos de mundo balcón. Y
las cintas de vídeo están casi de pegote, me vino una película noventera Sexo,
mentiras y cintas de vídeo y le vi algo de gancho. Supongo que mi paranoia
va ligada a la falta de sueño (mi nueva droga dura).
Relacionado con mi
realidad coronavírica:
Ayer salimos a dar una vuelta en familia.
Estuvimos en una zona desierta a diez minutos de casa. La perra jugó con un
palo. El niño se quedó sopa en el acto y no disfrutó de nada porque tiene cinco
meses. Y Lidia y yo nos pegamos una charla mientras caminábamos juntos por la
calle. Podría decir que nos encontramos con mucha gente, pero estaría
mintiendo. Vivir a las afueras y ser antisocial es lo que tiene. Solo me hablo
con unos marroquíes adolescentes que viven en nuestra comunidad. Ellos se pasan
el día juntos fumando porros, sin hacer daño a nadie y con el perro de presa de
uno de ellos. Son unos chavales cojonudos. Cuando me paro con ellos lo hago a cinco
metros de distancia, que es lo más cerca que suelo estar de la gente desde hace
doce años.
Volvimos a casa, bañamos al engendro, hicimos
la cena, echamos de menos pillarnos un pedal de Jack Daniel’s y porros y nos
fuimos a la cama, que fue nuestra mayor recompensa, premiada con un extra de
alegría marital. Poco antes de cerrar los ojos leímos unos artículos
relacionados con el dichoso virus, incluido uno repleto de fotos de gente que
se pasó por el forro de los cojones la distancia de seguridad y bajó a sus crías
en plan fiesta de cumpleaños.
Con la imagen de una desescalada ilógica nos
dormimos, y con el lloro de un bebé a las tres de la mañana nos despertamos. Ahora
mismo, en directo, miro a Lidia a los ojos y le digo que la quiero y que
necesita dormir con urgencia. A mí no me cuesta renunciar al descanso corporal,
así que la dejo en la cama y me llevo a Gunnar al salón. Son los jodidos
sacrificios de la paternidad deseada. Quiero a este pequeño hijo de puta y me
dejo arrastrar por sus ciclos vitales. Me tiro una hora y media hasta que se
duerme, pero lo consigo.
Imágenes robadas del
infierno:
Gente con sus hijos en una plaza
cualquiera. Todos juntos, babeándose unos a otros, besándose, esputando,
tocándose, los niños revueltos como si no pasase nada. El payaso Ronaldo,
figura publicitaria de una famosa hamburguesería, aparece en escena. Lleva años
viviendo en la indigencia absoluta, desde que se enteró que toda esa mierda de
comida tiene como gancho el puto azúcar, que es como la farlopa infantil, no
levanta cabeza. Vale, olvidemos su lamentable vida pasada, el caso es que aparece
en escena con una barba rala y descuidada repleta de moscas. La cara medio despintada.
El pelo atestado de rastas rojizas, embarradas y putrefactas. La ropa descolorida,
mohosa. Un abrigo de paño lleno de agujeros y manchas de vino barato. Los dedos
de los pies van medio al aire, y sus uñas, madre mía sus jodidas uñas. Huele a
podrido, a pies, a fabrica de abono, a cuadra, a vino rancio y cerveza de
barril. La mezcla de olores hace que la gente se aparte ante su presencia. Pero
eso a él le da absolutamente igual. Agarra al primer niño y le tose en la cara,
unos esputos grisáceos se le pegan a las mejillas. Ese maldito payaso está
infectado, eso seguro, ahora es la figura publicitaria del Covid 19, y corre
entre medias de la gente, y escupe al aire, y grita: «¡IRREPONSABLES!». Le
chupa la cara a una madre que huye despavorida. La gente se espanta de mala
manera. Una avalancha de personas se hacinan en las escaleras del metro.
Entonces el maldito Ronaldo echa mano a los bolsillos del abrigo, saca unos
globos llenos de saliva y se los lanza a la multitud. Muchas madres y padres quedan
empapados de baba payasil. Y no contentos con eso, se rebozan unos con
otros, se untan, se pisotean, y corren en todas direcciones, unos salen del
metro como pueden y se pierden en las calles de Madrid, otros intentan coger el
próximo metros, algunos se tiran al suelo, abrazan a sus hijos y rezan, otros
vomitan mientras buscan ayuda. Ronaldo carcajea, saca una petaca del bolsillo y
bebe. Se lía un cigarrillo, ocupa uno de los bancos que han quedado vacíos y le
lo enciende. En ese momento se le acerca un niño y le dice:
—Señor, ¿se encuentra usted bien?
—Nunca he estado mejor.
Entonces un policía le vuela la tapa de los
sesos.
